San José de Uré, un palenque lleno de mitos y leyendas

Por Nieves Caraballo Marchena

Al compás de ese tronco cavado y forrado en cuero de venado se mueve San José de Uré. Allí las damas contonean sus enormes caderas por sus calles empedradas y por su cautelosa quebrada, es que este es el gran rasgo que hace diferente a la mujer afro de las demás.

Uré, uno de los pocos palenques que tiene Colombia, está integrado por diversidad de etnias, afros, indígenas, mestizos y blancos. Allí todo nuevo habitante se amaña al ver su hermosa quebrada, con un agua tan clara que hasta se puede alcanzar a ver su fondo.

Cuenta Manuelito, uno de los habitantes con más conocimiento sobre la historia del pueblo, que un día en una mula negra iba pasando un hombre de tez morena, con abarcas en rejillas, sombrero blanco, camisa y pantalón impecable. Salió con la intención de toparse con la famosa guerrilla que venía bajando por Yarumal y que iba directo a acabar con el amado pueblo de este hombre.

En un encuentro inesperado en el Acto de San José este hombre, con barba cerrada, le preguntó a los uniformados a qué iban hacia su pueblo. Al darse cuenta que sus intenciones no eran buenas, procede a decirles que solamente pueden descansar y comer en la casa más grande del pueblo, pero que tienen rotundamente prohibido lastimar a alguien de la comunidad.

Lo que estos hombres no esperaban era que al llegar al pueblo, la casa más grande sería la iglesia y que al entrar lo primero que vieron fue la estatua de un hombre que tenía los mismos rasgos y hasta la misma ropa del que se encontraron la noche anterior. Este sería San José, padre de Jesus y líder de Uré.

La mina de Plan Viejo

En Plan Viejo existió una mina llamada Can, que pertenecía a Manuel Gracias, la cual con el pasar del tiempo pasó a el poder de Juan Aldebo donde los esclavos decidieron liberarse en 1853, dos años después de abolida la esclavitud. Ese día en el pueblo se hizo una enorme fiesta donde celebraron con Baile Cantao y Tuna, donde la entonación como manifestación de alergia fue:

Dauda dau da da
Dau dauda da da
Dios bendiga a Simón Bolívar
Quien nos dio la ‘libertá’.

Los esclavos luego de destruir Plan Viejo, el cual con el paso del tiempo fue cambiando de nombre a San José de Uré, se fueron instalando a orillas de la quebrada mayor, donde se dice que en una peña ubicada en la parte alta de este lugar, lleno de agua pura y cristalina, salía una sirena en las horas de la mañana a recibir el sol y a peinarse sus largos cabellos rubios, los cuales nunca dejaban ver su rostro. Todo aquel que encantado con su belleza osaba nadar cerca de ella corría el riesgo de ser llevado hasta lo más profundo de estas aguas.

Un pueblo donde todos se conocen y quien uno menos piensa termina siendo familia, donde en Semana Santa en todas las casas hacen dulces para compartir con sus familiares y donde se cree y practica la brujería desde sus inicios.

Cuenta Manuel que una noche salió a pescar con su hijo y fueron espantados por una bruja apodada La China que se mostraba en forma de pájaro, serpiente y marrano para de forma cautelosa hacerles daño o hacer pasar sofoco como dicen los uresanos.

Además de relatos, los uresanos han construido para su cultura cantos y oraciones las cuales se denominan rogativas que cumplen la función de brindar protección y finalización del mal que se presente en el pueblo.
Perdón, perdón, perdón
Perdona Dios mío
Te pido perdón.

Perdón, perdón, perdón
Dios mío perdona
Están mis pecados delante de ti.

Perdón, perdón, perdón
Dios mío perdón
Yo solo quiero de vidas salvar.

El mito de las ánimas

En el mes de noviembre San José de Uré entra en un periodo de liberación y renovación de buenas energías, pero también de expulsión de las ánimas. En una de esas pequeñas charlas con Manuelito, como le dicen todos en la comunidad, tocó el tema sobre el famoso animero Inocencio Durán, el cual se decía que tenía “metido el diablo en la cabeza”, pues este hombre salía con una fila de ánimas desde el cementerio y llevaba un candil en una mano y en la otra una pequeña campana que era sonido de los cantos recitados por el animero.

La comunidad se dedicaba a realizar oraciones y sentían temor de mirar la calle, puesto que a quien lo hiciera le caería una maldición. Todas la noches la puerta de su casa sería tocada por una mujer que pedía fuego para encender su vela, la cual se convertiría en un hueso en representación de la muerte.

Con cantos, bailes y rezos algunas personas de esta comunidad le dan la cristiana sepultura a sus seres queridos, donde los cantos fúnebres o bullerengues, siempre acompañados del tambor, sirven como analgésico para calmar el dolor. Algunos de estos cantos generan un sinfín de emociones que a la final uno nunca sabe si es dolor, alegría, melancolía o escalofríos.

Muchos uresanos dicen que lo que ha desaparecido totalmente han sido las danzas alrededor del muerto, donde hombres y mujeres rodean al difunto con expresiones de mucho dolor, dando vueltas por el ataúd acompañado de palmas.

Solita na má
Solita me llamo yo
Solita na má
Solita yo me quedé

Upaeee solita
Solita na má
Upaeee solita

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