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Las ‘ollas’ en Montería, un negocio mortal

Las ‘ollas’ en Montería, un negocio mortal

Por Carolina Gómez

El polvo ciega la mirada de los niños futbolistas en la cancha. Rascan sus ojos por las partículas que se incrustan por el viento. Constantemente se escucha el molesto ruido de las palas cargando y descargando, picando y aplanando la arena a la orilla del río.

Caminar por el parque de Zarabanda es como hacerlo en la luna, porque cada paso deja una huella que levanta la tierra en cámara lenta como las películas de astronautas.

“Gufi pásame la vareta”,  grita un joven de camisa blanca y verde alusiva a un famoso equipo antioqueño, el cual no supera los 18, pero su semblante demuestra que la calle lo maduró precoz.

“Sí. Están debajo de la piedra”, le responde un hombre que ya hace muchos años dejó su adolescencia, pero continúa teniendo una apariencia juvenil, con sus mechones amarillos y su camisa con estampados llamativos. Está posando con frescura en una roca que hace de silla para los visitantes.

¡Ojo con los niños!

De un lote baldío donde se deposita la basura de material de construcción salen tres jovencitos que no superan los trece años fumando de un oloroso cigarrillo de creppy. Caminan hasta la cancha y se sientan en un tronco, aromatizando el partido de los niños y el extenuante trabajo de los areneros.

‘Gufi’, se empina y llama a un hombre de tez morena con la piel que es casi parte de sus huesos. “Ven y trae esas conchitas que tengo una hambre”. El huesudo hombre se levanta de la orilla del río, donde las volquetas se parquean, ahí donde los residuos de las piedras, al quebrarse entran a los pulmones casi asfixiando. Él se aproxima cargando un platón y una cava de icopor en sus hombros, los pone en el suelo. Saca un cuchillo y abre las ostras, les echa limón y se las entrega a su compañero jíbaro. Las conchas tienen formas irregulares dándole la apariencia de rocas mal formadas, amarillentas y con luceros blancos.

El chico de la camisa deportiva se recuesta en una improvisada carpa plástica, hurga sus bolsillos buscando con mucha prisa una pipa de cristal quemada. Coge el encendedor y quema la parte inferior del vidrio. ¿Vas a fumar bazuco aquí? Comenta su compañero de mechas rubias. Sale el vapor de uno de los orificios del recipiente. El olor es insoportable para las personas alrededor. “Apaga esa mierda. No asares el parche”, recalca el hombre.

Caen gotas de lluvia sobre el rostro de una de las niñas que succiona el humo de su rollo de marihuana, pero ella sigue taciturna mirando al sujeto de los ostiones. La arena se humedece formando un barrizal que entorpece la jugada de los pequeños deportistas. Todos los consumidores se agolpan en la tiendita plástica donde están los pequeños narcos.

A pesar del inclemente aguacero que empieza a caer, los trabajadores en las interminables dunas continúan su agotadora labor. Los aficionados al partido, los padres de familia y demás curiosos se alejan del sitio buscando refugio. Los consumidores de cannabis permanecen en su puesto aspirando humaradas de lo que ellos llaman libertad.

La zona de las ‘pelás’

En línea recta por el río más al norte, pero no al norte donde están las casas aque se ven en Miami, el norte oculto, sin pavimento, con casitas de palo, pintadas con llamativos colores. Ese lugar donde todos pasan en sus carros con los vidrios arriba por miedo a que un “loquito” en ese tan mal afamado barrio los sorprenda y les quite sus pertenencias.

Estas calles del vecindario de Sucre, son silenciosas apacibles, como cualquier otro en la ciudad. Al aire libre y entre dos casas, sentada en una silla plástica, se encuentra una mujer transgénero limándose las uñas, cruzada de piernas y con un provocativo pantalón corto.

Llegan coches de alta gama, bajan la ventana, miran fijamente a un hombre ya señorial que viste una camisa blanca, con una pañoleta roja con la que espanta las moscas que intentan posarse en su rostro. Él se aproxima a un automóvil azul y llama a la chica trans que está cómoda en su asiento. Ella saca de su pecho, debajo de su blusa donde está el sujetador, dos grandes “porros” a los cuales llama dedos de gorila porque son grandes y gruesos.

Inmediatamente vuelve a su relajante puesto, pero no sin antes decirle a uno de los compradores en el vehículo, que es muy simpático.

El callejón es tranquilo. Los niños juegan, montan bicicleta y hacen rondas con mucha naturalidad, sin darse cuenta que están en la tan afamada “nueva zona del vicio” ya que la anterior fue desmantelada y cerrada por las autoridades.

En una de las residencias, una mujer robusta con su delantal blanco saca una urna de crocantes empanadas. Los clientes de drogas suspiran al sentir el agradable olor a frito. “Dame cuatro empanaditas por favor”, dice uno de ellos. La mujer se acerca con una sonrisa y con mucha amabilidad entrega su pedido. Como si con su expresión agradeciera el punto estratégico de su negocio.

Las horas pasan y las calles se sienten cada vez más vacías, pero constantemente siguen llegando más y más motos, autos y bicicletas que con fugacidad parquean y se van rápidamente con su gramito de “felicidad”. Una patrulla de la Policía da vueltas por la manzana, pero a pesar de la obviedad de lo ilícito, no interrumpen el principal negocio del sector.

La mujer transformista cambia de turno con otra de su misma orientación de género ¿Cómo no? Si es como cualquier empresa que da espacios de descanso a sus empleados. La mujer se sienta y refresca su nuca con una hoja de papel.

Negocio mortal

Al sitio llega un hombre descamisado, con una gorra roja que es muy pequeña para su cabeza. La tierra se encarna en sus descubiertos pies. Susurra al oído del impulsador ilícito. Los dos se alejan a la orilla del río. Ahí está un bloque verde cubierto de enredaderas amarillentas.

Emprenden la labor de echarle agua y abrirla con las manos. El aroma a yerba invade el lugar. Así es como comienza el ciclo de producción, de un negocio peligroso, invisible para muchos, pero que afecta a todos en la ciudad.

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