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Opinión

Quien esté libre de pecado…. ¡que tire la primera piedra!

Por Lunática.

Una lectora me envió su historia por correo, contándome cómo a sus 27 años  se había enamorado perdidamente de su “cana al aire” que tiene 19 años, 8 menos que ella y 10 menos que su actual novio o más bien exnovio. Sí, yo también hice esa cara, pero una vez más entendí que el amor hace con nosotros lo que quiere y que ni ella, profesional, con un magíster y dos trabajos envidiables, (nerd según me cuenta) se pudo librar de los enredos del corazón.

Quien pensaría que una persona que parece tener el control de todo en su vida, podría pasar por una situación así. “Yo siempre he tenido una solución para todo, pero esta vez la vida me puso una que ni los libros, ni los pensadores más grandes de la historia me ayudaron a solucionar” decía textualmente en el correo. Entonces se dio cuenta que en el amor no tenía la solución a la mano, como en los demás aspectos de su vida, a pesar de haber tenido una relación durante 5 largos años.

Y es que yo la entiendo perfectamente, entiendo su dilema. Enamorase de otra persona teniendo una relación es complicado, pero enamorarse de alguien que tiene 8 años menos que uno, es otro nivel de complicación, sobretodo porque está ese prototipo en nuestra cabeza,  que como mujeres siempre debemos tener a quien presumir y alguien de 19 años no es la persona ideal, por lo menos no en este caso, porque si fuera un hombre el que estuviera pasando por esta situación sería lo más normal del mundo.

El caso es que ella no podía creer que estuviera pasando esto en su vida y trató de pelear contra todo lo racional, hasta que se dio cuenta que no podía luchar contra su corazón, así que le tocó aceptar que se había enamorado de alguien más, teniendo una relación estable y hasta empezó a encontrar más satisfactorio estar con  esa persona que con su novio. Porque no sólo era placentero compartir más tiempo con él sino que además empezó a darse cuenta que su relación de 5 años, ya no era la misma y pasó a sentir más emoción por recibir un mensaje de su amante que de su pareja,  y a darse cuenta que por fin sentía que todo lo que daba era retribuido en la misma proporción, que la aceptaban como era y que no la juzgaban. Se sentía feliz por ser la propietaria de un amante que se atiborraba de café y estaba tan dañado como ella (como lo describe en el correo)

La cana al aire duró tres meses, el tiempo que le tomó a algún chismoso cogerse el cuento y salir a decirle al novio y claro, esa historia de novela, que les juro que con todos los detalles que me dio, es una de las más bonitas que he leído, se desvaneció por completo y ella quedó como un zapato frente al novio y el man obvio, quedó herido al enterarse que su rival era 10 años menor que él. Como quien dice, se quedó sin el pan y sin el queso pero por elección propia. Porque por un lado el amante le proponía una relación seria, sin ningún compromiso futuro y por el otro, con el orgullo herido y un “Sigo sin confiar en ti” la perdonaban y le ofrecían hasta endeudarse juntos 15 años para comprar un apartamento.
Ustedes me dirán que estoy loca, pero yo apoyo su elección a pesar de todo. Sí, perdonar una infidelidad no es fácil y que su pareja le ofreciera el cielo y la tierra aun sabiendo lo que hizo, me dejó claro que no hay que forzarnos a estar en lugares donde ya no nos sentimos conformes.

Me inclino siempre por esas historias que más que eternas, son verdaderas y por esas personas que llegan y nos hacen sentir en un mes lo que otras no han podido en 1 año o en 5. Es ahí cuando nos damos cuenta que estamos mal creyendo que los noviazgos son mejores entre más duraderos sean y no porque nos hagan sentir mejores a nosotros mismos.

Hay personas que llegan a nuestras vidas y llenan sin querer esos vacíos que acumulamos en el alma durante años y que pasan desapercibidos por estar concentrados en otras cosas “más importantes”.

Tener una pareja no es “tenerla” ahí, saber que existe y que podemos contar con ella cuando necesitemos, decirle te amo para que no se le olvide o para que no se nos olvide a nosotros, sacarla a pasear como un perro, agarrarla de la mano y fingir que son felices. No es hacer cotidiana y predecible la relación para que sea segura.

Por eso es que pasan este tipo de situaciones de infidelidad, que es más o común de lo que creemos. Porque andamos por ahí creyendo que podemos atarnos a las personas eternamente por compromiso o por cariño con tal de tener alguien con quien compartir el fin de semana. No exonero a la protagonista de su culpa, de no ser sincera cuando pudo y decir “Ey, algo no está bien” y terminar antes de meter la pata (aunque no ha sido la única, ni la primera, ni la última). Pero está también este cuento de que le tenemos miedo a arriesgar lo que tenemos seguros, ese miedo a quedarnos solos y el miedo de encontrar a alguien más que sea capaz de querernos como somos.

Vale la pena pasar por situaciones así en la vida para darnos cuenta qué es lo que realmente queremos, para decir no más, para tomar riesgos o para reafirmar lo que sentimos.

A mi lectora le doy las gracias por contarme su historia, por confiar en que puedo hacer algo bueno con ella y por creer que puedo ayudarla a entender lo que su psicoanalista no ha podido.

Cuéntame tu historia…

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