¿La política en el fútbol o el fútbol en el terrorismo?

Por: Héctor A. Enríquez López

Twitter: @HectorEnriquezL

Once jugadores contra cero, finalmente terminaron ganando 1-0 y clasificando a su selección al mundial de Alemania 74.

Era el 21 de noviembre de 1973 y se enfrentaban Chile ante la hoy extinta Unión Soviética, equipo que desde el Kremlin (parlamento soviético) recibió la orden expresa de no viajar a Santiago (capital de Chile), pese a que el encuentro de ida terminó con un frío 0-0 en tierras rusas.

La orden emitida al equipo de la hoz y el martillo en su bandera, fue producto de la negativa del gobierno del bloque comunista a jugar en un recinto que fuera utilizado para torturar y asesinar ciudadanos que se oponían al régimen del nuevo “presidente” del país, el dictador Augusto Pinochet, el cual había tomado el poder desde los fueros militares dos meses atrás.

Finalmente el equipo de “la estrella solitaria” clasificó a las justas mundialistas celebradas en tierras teutonas, eso a pesar de la vergüenza que pasaron sus propios deportistas al marcar un gol en un arco vacío y sin rival al frente.

Era el mes de marzo de 2017, 44 años y 4 mil 300 kilómetros aproximadamente al norte del escenario donde sucedió este evento, surge una situación no igual pero si con ciertas similitudes y es que en Colombia, un grupo guerrillero próximo a dejar las armas y reinsertarse a la vida civil, desea participar en el torneo profesional de fútbol con un equipo propio.

El hecho que las FARC quieran crear un equipo de fútbol tiene muchos matices, tanto positivos como negativos. Dentro de los hechos positivos podría mencionarse que a través de un equipo de fútbol (ojalá en una ciudad que no cuente con proximidad a este tipo de prácticas deportivas debido al conflicto), se podría solidificar un proceso de paz, dar un nuevo aire a los pobladores locales y llevar unas nuevas y sanas prácticas del deporte más popular en Colombia a lugares donde nunca ha rodado un balón profesional y que posiblemente hace dos años no tenían la esperanza del deporte… y tal vez ninguna esperanza.

La FIFA promueve la no participación política de los gobiernos ni de sus gobernantes, so pena de sancionar a la Federación deportiva del país que incurra en este tipo de eventos. Si un gobierno tiene intervención directa en el fútbol, ¿es posible que un movimiento político, con antecedentes delictivos tenga participación en una liga profesional del mencionado deporte? Como consecuencia, podría nuestro fanático país futbolero ser aislado de las justas internacionales, nuestra selección apartada de la Copa América y la Eliminatoria y nuestros clubes locales alejados de las copas Libertadores y Sudamericana. Un precio muy alto para satisfacer la voluntad política de un grupo que pretende acercarse a la población civil.

Está claro que la voluntad de las FARC, después de más de cincuenta años de terror es desmovilizarse, con todos los efectos positivos y negativos que lleve esto al país (más positivos), pero mezclar un proceso de paz, de reivindicación, de lanzamiento como plataforma política con una actividad deportiva es el equivalente a preparar un jugo de guayaba con trozos de atún, no porque los dos sabores sean agradables y aporten nutrientes al organismo van a quedar bien juntos.

Jurídicamente tendrían derecho a participar en esta competencia, pues si cuentan con el capital para adquirir la ficha deportiva (evidentemente si tendrían el capital), podrían formar un equipo de fútbol y participar en la segunda división (Torneo Águila) y podría este nuevo equipo llegar a jugar a zonas de antiguo despeje, tal vez Florencia que ya tuvo un equipo de fútbol en esta categoría.

La presencia de un equipo profesional proveniente de un grupo con antecedentes al margen de la ley puede alejar espectadores a nivel nacional de los ya “vacíos” escenarios deportivos, puede causar rechazo en los jugadores extranjeros contactados para fichar para nuestra liga, puede generar un veto por parte de la FIFA a nuestro país y lo más preocupante, puede marcar mucha más polarización en nuestra desmoronada, intolerante y violenta sociedad.

Finalizando esta columna recuerdo un dicho popular que tal vez las generaciones más jóvenes no conozcan pero que sí decían las abuelas “zapatero a sus zapatos”; si las FARC quieren resocializar que lo hagan, pero sin tocar las tradiciones deportivas y sin marcar eventos negativos en campos que únicamente conocen de manera aficionada y que no tienen ningún vínculo con el conflicto que vive Colombia hace más de cincuenta años. Por favor no creen un nuevo conflicto, esta vez en algo tan bello como es el deporte.

PD: No cierro la puerta a que el fútbol sea practicado por cualquier ciudadano colombiano en capacidad de disfrutar y competir, pero no es prudente traer raíces políticas o estamentos jurídicos a la mayor diversión de una nación. #NoMásViolenciaEnElFútbol.

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