Nicolás Maduro parece estar al borde del colapso político. En medio del mayor despliegue militar estadounidense en el Caribe desde la invasión de Panamá, el líder chavista envió una carta al secretario general de la ONU, António Guterres, rogando que interceda para frenar lo que califica como “acciones hostiles” contra Venezuela. La misiva, difundida por el canciller Yván Gil, revela una postura desesperada: “Solicito que usted asuma la defensa activa de los valores de la ONU”, escribió Maduro, en tono casi suplicante.
El despliegue ordenado por el presidente Donald Trump incluye siete buques de guerra, un submarino nuclear, un crucero lanzamisiles y más de 9.000 marines. Aunque Washington asegura que la operación busca combatir el narcotráfico, Caracas teme que sea una maniobra para presionar el fin del régimen. “La humanidad no puede permitir que resurjan políticas de fuerza”, advierte Maduro, mientras su gobierno denuncia una “escalada peligrosa” que amenaza la paz regional.
Desde la Casa Blanca, la respuesta fue tajante: “Maduro no es un presidente legítimo, es el líder fugitivo de un cartel de narcotráfico”, afirmó la portavoz Karoline Leavitt. La narrativa oficial estadounidense apunta directamente al Cartel de los Soles, vinculado al régimen venezolano, y justifica el despliegue como una medida para proteger la región del flujo de drogas.
Mientras tanto, el mundo observa cómo Maduro pasa de desafiante a suplicante. ¿Es esta la antesala de una intervención? ¿O el último intento del chavismo por aferrarse al poder? Lo cierto es que el presidente venezolano ya no grita: ahora implora.